Fractura por estrés

Por Enric Gallofré, fisioterapeuta y osteópata colegiado nº 11099 · Actualizado: 31 de julio de 2026

Respuesta corta: una fractura por estrés no es un hueso que se parte de golpe, es un hueso que cede por acumulación. Durante semanas la carga ha superado la capacidad que tiene el hueso de repararse, el microdaño se ha ido sumando y acaba apareciendo una fisura. Su gran problema es que la radiografía suele salir normal las primeras semanas, así que mucha gente sigue entrenando con un diagnóstico de «sobrecarga» mientras la lesión avanza. Y hay una localización que no admite espera: el cuello del fémur.

Para la actividad y consulta sin esperar si te reconoces en alguno de estos puntos:

1. Dolor en la ingle al correr o al cargar peso. Es el punto crítico de esta guía. La fractura por estrés del cuello del fémur está en el grupo de alto riesgo: si progresa, puede convertirse en una fractura completa con desplazamiento, y eso cambia radicalmente el pronóstico y suele significar cirugía. Un corredor con dolor inguinal que aparece al correr, que empeora al apoyar en una pierna o al subir escaleras, no debe seguir corriendo «a ver si se pasa»: debe consultar el mismo día. Ante la duda, se trata como si lo fuera hasta que una imagen diga lo contrario — y eso significa descargar la pierna con muletas y pedir la prueba sin demora, no cambiar de deporte ni pasarse a la bici o a la elíptica.

2. Dolor óseo que ya molesta en reposo o por la noche. Un músculo sobrecargado no suele doler estando quieto. Un hueso en problemas, sí. Es de las señales que más peso tienen.

3. Dolor en un punto muy concreto que duele al presionarlo y que va a más sesión tras sesión, aunque bajes el ritmo.

4. Radiografía normal pero dolor que no cede en semanas. Ese es exactamente el escenario en el que hay que preguntar por una resonancia magnética, no en el que hay que darse por tranquilo.

5. Mujer con reglas irregulares o ausentes, dietas restrictivas o antecedentes de trastorno alimentario. La baja disponibilidad energética debilita el hueso y multiplica el riesgo de que esto se repita. Merece valoración médica, no solo fisioterápica.

6. Dolor de pierna que no afloja al parar, con la pierna dura y tensa, hormigueos o el pie que cuesta levantar. Si aparece durante una sesión y sigue creciendo con el reposo, hay que descartar un síndrome compartimental agudo: es poco frecuente, pero no admite esperar a mañana — urgencias. Cosa distinta es su versión crónica de esfuerzo, bastante común en corredores y sin urgencia: llega siempre a la misma distancia, con la pierna «a punto de reventar» y a veces hormigueo, y se pasa a los pocos minutos de parar. Ese patrón de reloj no es de fractura por estrés y merece revisar el diagnóstico.

Radiografía de antebrazo con la reacción perióstica de una fractura por estrés señalada con una flecha
La flecha señala la reacción perióstica de una fractura por estrés: el engrosamiento que el hueso forma alrededor de la zona dañada. Es lo que acaba viéndose en la radiografía semanas después del inicio del dolor — antes de eso, la placa suele salir normal. Imagen: Jarraya, Hayashi et al. · CC BY 3.0 · Wikimedia Commons

Qué está pasando dentro del hueso

El hueso no es una pieza inerte que aguanta hasta que se rompe: es un tejido vivo que se está reconstruyendo continuamente. Cada impacto le provoca microdaño, y unas células se dedican a retirar el hueso dañado mientras otras lo reponen. En condiciones normales ese equilibrio se mantiene sin que te enteres, y de hecho es lo que hace que un hueso sometido a carga progresiva se vuelva más fuerte con el tiempo.

El problema aparece cuando la carga sube más deprisa de lo que el hueso puede adaptarse. Durante unas semanas el balance se invierte: se retira más hueso del que se repone, la zona queda temporalmente más frágil y el microdaño empieza a acumularse. Si en ese momento se sigue entrenando igual —o más—, ese daño acumulado acaba organizándose en una fisura. Nadie recuerda el momento en que se rompió, porque no hubo momento.

Eso explica que le ocurra a gente sana, joven y en forma —no hace falta tener el hueso enfermo, basta con pedirle más de lo que puede reparar— y que detrás casi siempre haya un cambio reciente: no el entrenamiento de toda la vida, sino lo que se hizo distinto en las últimas semanas.

El continuo: de la reacción de estrés a la fractura completa

Conviene entenderlo como una escalera, no como un interruptor de sano/roto:

Reacción de estrés. El hueso está estresado y hay edema dentro de él, pero todavía no existe línea de fractura. Duele, y en resonancia se ve. Es el momento ideal para parar, porque la vuelta atrás es rápida.

Fractura por estrés. Ya hay una línea de fractura, aunque el hueso mantenga su forma y su alineación. Aquí los plazos se alargan y la gestión debe ser más estricta.

Fractura completa. La fisura progresa y atraviesa el hueso. Es lo que se intenta evitar a toda costa, sobre todo en las localizaciones de alto riesgo, porque puede requerir cirugía y complica el pronóstico a largo plazo.

La misma escalera existe en la pierna del corredor con la periostitis tibial: no son enfermedades distintas de la fractura por estrés de tibia, son puntos distintos del mismo continuo de sobrecarga ósea. Y es justo por eso por lo que «aguantar» es la peor estrategia posible: la lesión no se queda quieta esperando a que termine la temporada.

El patrón de dolor que la delata

Hay una progresión bastante típica, y reconocerla es lo que permite llegar pronto:

Fase 1. Molestia que aparece al final de la actividad, cuando ya llevas un rato. Se va con el reposo y al día siguiente estás bien. Es la fase en la que casi nadie consulta.

Fase 2. El dolor empieza durante la actividad, cada vez más pronto, y obliga a bajar el ritmo o a parar. Ya no calienta: va a más conforme avanza la sesión.

Fase 3. Duele al caminar, al bajar escaleras, al apoyar en el día a día — y por la noche. En este punto la lesión lleva tiempo instalada.

Junto a eso, el hallazgo que más orienta: el dolor se localiza en un punto muy concreto que puedes señalar con un dedo, duele a la presión y suele reproducirse al saltar o apoyar en una sola pierna. Una sobrecarga muscular se reparte por una zona más difusa.

Por qué la radiografía sale normal

Es la parte que más frustra al paciente, y tiene una explicación sencilla: una radiografía no ve lo que está pasando, ve el resultado. En las primeras semanas la fisura es demasiado fina para dibujarse en la placa y el hueso todavía no ha fabricado el callo —ese engrosamiento que sí se ve— alrededor de la lesión. Hacen falta a menudo dos o tres semanas para que aparezca algo, y en huesos como el sacro o el cuello del fémur puede no verse bien nunca.

La prueba que detecta la lesión de forma precoz es la resonancia magnética, porque muestra el edema dentro del hueso antes de que exista ninguna línea de fractura. Es decir: ve la fase de reacción de estrés, justo cuando más se puede hacer.

La frase que hay que llevarse de aquí: una radiografía normal no descarta una fractura por estrés. Si el dolor es óseo, está en un punto concreto y no cede en semanas, la conversación con tu médico no debería terminar en «la placa está bien» — debería continuar en «entonces, ¿procede una resonancia?». La mayor parte del daño de esta lesión no lo hace el hueso: lo hacen las semanas que se siguen entrenando con un diagnóstico tranquilizador y equivocado.

Dónde aparecen y por qué unas preocupan más que otras

Los traumatólogos las dividen en dos grupos según lo que pasa si progresan, y esa división es la que decide el tratamiento.

Bajo riesgo — huesos con buen riego sanguíneo y sometidos a compresión, que suelen evolucionar bien con reposo relativo y una vuelta progresiva. Aquí entran la tibia (la localización más frecuente en corredores) en su cara posteromedial, el peroné, la mayoría de los metatarsianos —la clásica «fractura de la marcha», sobre la que tenemos una guía específica de la fractura por estrés del segundo metatarsiano— y el calcáneo, típica de reclutas y de quien camina mucho con calzado rígido.

Alto riesgo — huesos con peor vascularización o sometidos a tracción, donde una fractura por estrés puede completarse, desplazarse o no consolidar. El ejemplo que más importa es el cuello del fémur, sobre todo en su cara superior; también la cara anterior de la tibia (la llamada línea negra del saltador), el escafoides tarsiano, la base del segundo metatarsiano y el quinto metatarsiano. El sacro merece mención aparte: aparece en corredoras y en personas con hueso frágil, casi nunca se ve en radiografía y su dolor se confunde con una lumbalgia o una ciática — lo desarrollamos en la guía de fractura de sacro.

Traducido a la práctica: en las de bajo riesgo la conversación va de cuánto bajar la carga; en las de alto riesgo puede haber descarga estricta con muletas, controles por imagen o cirugía preventiva. No es lo mismo, y por eso el diagnóstico exacto importa tanto.

Por qué te ha pasado a ti

Casi siempre hay un cambio en la carga en las semanas previas: subir kilómetros o intensidad de golpe, encadenar sesiones sin días de recuperación, empezar a hacer series o cuestas, pasar de tierra a asfalto, volver tras un parón con el ritmo de antes, o incorporarse a una rutina con mucho impacto sin base previa. La superficie y el calzado influyen —zapatillas muy gastadas, un cambio brusco de tipo de zapatilla—, pero suelen ser secundarios frente al volumen.

Sobre esa base hay factores que hacen que el hueso llegue con menos margen. El más importante y el más ignorado es la baja disponibilidad energética: comer menos de lo que se gasta durante semanas, con o sin intención de perder peso. En mujeres se manifiesta a menudo como reglas irregulares o ausentes, y es una señal de alarma seria para el hueso, no un efecto secundario benigno de entrenar mucho. También pesan la osteoporosis u osteopenia, el déficit de vitamina D, la ingesta baja de calcio, ciertos tratamientos como los corticoides prolongados, antecedentes de otra fractura por estrés y una densidad ósea baja de partida.

Que aparezca una fractura por estrés en alguien que no entrena especialmente fuerte, o que aparezcan varias, es motivo para mirar más allá del entrenamiento: ahí el trabajo no es de fisioterapia, es médico.

Y si el dolor no encaja con el entrenamiento, revisa el diagnóstico. Una fractura por estrés tiene una lógica: detrás hay un cambio de carga y el dolor va con el uso. Cuando esa lógica no aparece por ningún lado, hay dos cuadros que se le parecen mucho —también en la resonancia— y que no se tratan igual.

Otra cosa dentro del hueso. Un tumor óseo o una metástasis pueden empezar exactamente así: dolor de hueso en un punto concreto y una radiografía poco concluyente. Lo que los delata es que el dolor no depende de la carga: duele igual la semana que has parado del todo, te despierta por la noche y va a más aunque descanses. Suma si notas un bulto, si pierdes peso sin explicación o si tienes antecedente de cáncer, y también si el hueso ha cedido con un gesto mínimo, que es como se presenta una fractura patológica. No lo confundas con el dolor nocturno de una fractura por estrés avanzada, que sí baja cuando de verdad se descarga el hueso unos días. Consúltalo esta semana, y dilo con estas palabras.

Una infección del hueso. Una osteomielitis da también dolor óseo localizado, edema en la resonancia y reacción del periostio, y conviene tenerla presente sobre todo en adolescentes y en personas con las defensas bajas. Las pistas son fiebre o febrícula, sudores nocturnos, malestar general y la zona caliente o enrojecida por fuera. Con fiebre, ese mismo día.

Cómo se trata, y qué papel tiene la magnetoterapia

El tratamiento de fondo tiene un nombre poco atractivo y ningún sustituto: gestión de la carga. Consiste en retirar el estímulo que ha provocado la lesión durante el tiempo que haga falta, mantener la forma con actividades sin impacto si el médico lo permite (bici, elíptica, natación, aquajogging) —con la sospecha de fractura de cuello de fémur no se permite: ahí lo que toca es descarga con muletas hasta tener la imagen—, corregir lo que haya que corregir en la alimentación y la recuperación, trabajar fuerza, y volver de forma progresiva y guiada por síntomas. En las de alto riesgo, además, lo que diga el traumatólogo sobre descarga o cirugía va por delante de todo lo demás.

Si acabas con muletas, con una bota o con cirugía, aparece un riesgo que antes no tenías. No lo trae la fractura: lo traen las semanas sin cargar la pierna. Es la situación del cuello del fémur y la de algunas fracturas del pie.

Trombosis venosa profunda. Pantorrilla hinchada, dura, dolorida o más caliente que la de la otra pierna, y aparecida en cuestión de horas o días: consulta el mismo día. Y urgencias sin esperar si notas falta de aire repentina, dolor en el pecho al respirar hondo, palpitaciones o tos con sangre — es el cuadro de una embolia pulmonar. Lo decimos porque aquí se descarta con demasiada alegría: estar joven y en forma no anula el riesgo de la inmovilización, y los anticonceptivos hormonales o un viaje largo lo suben. Si te han pautado heparina mientras estás en descarga, no te la saltes.

Dedos fríos, pálidos o dormidos dentro de la bota o del yeso. Si el pie pierde color o sensibilidad, o el dolor aumenta bajo el vendaje en vez de ir bajando, llama ese mismo día a quien te lo puso; si no localizas a nadie, urgencias. No lo dejes para la revisión ni lo arregles tú aflojándolo.

La magnetoterapia entra aquí como coadyuvante, y con dos condiciones que no nos saltamos: que la lesión esté confirmada por imagen y que haya un médico llevando el caso. Se plantea para acompañar el proceso del hueso y como apoyo del dolor durante una recuperación larga, con el mismo criterio que explicamos en la guía general de magnetoterapia para fracturas. Y conviene decir lo que la evidencia permite decir: en fracturas por estrés los estudios específicos son escasos y no autorizan a afirmar que cambien los plazos. Donde el papel de la magnetoterapia está mejor sostenido es en el retardo de consolidación, es decir, cuando una fractura ya diagnosticada no acaba de soldar.

Lo que no hace, dicho sin rodeos: no permite seguir entrenando. Si el uso que se le va a dar es «me pongo esto y sigo con mis series», el resultado previsible es una lesión peor.

Preguntas frecuentes

¿Qué es exactamente una fractura por estrés?

Es una fractura que no se produce por un golpe, sino por acumulación. El hueso está vivo y se repara continuamente: cada carga le provoca microdaño y unas células lo van reconstruyendo. Cuando durante semanas la carga supera esa capacidad de reparación, el microdaño se acumula y aparece una fisura. Por eso casi nunca hay un momento concreto que el paciente pueda señalar: hay un dolor que fue apareciendo.

¿Por qué mi radiografía ha salido normal si me duele tanto?

Porque en las primeras semanas no hay nada que una radiografía pueda ver. La fisura es microscópica y el hueso todavía no ha formado el callo que sí se dibuja en la placa; ese callo puede tardar dos o tres semanas en hacerse visible, y en algunas localizaciones no se ve nunca bien. La prueba que detecta la lesión de forma precoz es la resonancia magnética, que muestra el edema dentro del hueso antes de que exista ninguna línea de fractura. Una radiografía normal no descarta una fractura por estrés.

¿Cómo distingo una fractura por estrés de una sobrecarga muscular?

La pista más útil es que el dolor de hueso se localiza en un punto que puedes señalar con la yema de un dedo y que duele al presionarlo, mientras que una sobrecarga muscular se reparte por una zona más amplia. La segunda pista es la evolución: la sobrecarga suele calentar y mejorar al rato de empezar; el dolor óseo va a más durante la actividad y, cuando la cosa avanza, aparece también al caminar, en reposo o por la noche.

¿Puedo seguir entrenando si me duele poco?

No es buena idea, y esta es la pregunta que más problemas causa. Una fractura por estrés es una lesión progresiva: si la carga que la ha provocado se mantiene, puede pasar de una simple reacción de estrés a una fisura y, en algunas localizaciones, a una fractura completa. En el cuello del fémur eso significa cirugía. Lo razonable es parar la actividad que duele, consultar y mantener la forma con actividades sin impacto mientras se aclara el diagnóstico. Con una excepción importante: si el dolor es en la ingle, no vale cambiar de deporte. Ahí lo indicado es descargar la pierna con muletas y consultar el mismo día, porque una fractura por estrés del cuello del fémur puede completarse, y la bici o la elíptica no son un terreno seguro mientras no haya una imagen que lo descarte.

¿Cuánto tarda en curarse una fractura por estrés?

Depende muchísimo del hueso, de cuánto tiempo se haya seguido entrenando con dolor y del estado general de cada persona, así que cualquier cifra concreta que leas por ahí es orientativa. En huesos de bajo riesgo la evolución suele ser de semanas y la vuelta a la actividad es progresiva y guiada por síntomas; en huesos de alto riesgo los plazos son bastante más largos y puede haber descarga estricta o cirugía. Quien marca el plazo y el momento de volver a correr es tu médico, no una tabla.

¿Sirve la magnetoterapia en una fractura por estrés?

Se puede plantear como coadyuvante una vez que la lesión está confirmada por imagen y con un médico llevando el caso, dentro de un plan cuyo eje es la gestión de la carga. Conviene ser honesto: la evidencia específica en fracturas por estrés es escasa y los estudios disponibles no permiten afirmar que cambien los plazos. Lo que sí resuelve el cuadro es dejar de castigar el hueso el tiempo suficiente. Si alguien te ofrece un aparato para poder seguir entrenando igual, desconfía.

La opinión de nuestro fisioterapeuta

El paciente con fractura por estrés casi siempre llega tarde, y no por dejadez: llega tarde porque el sistema le ha dado una razón para estar tranquilo. Le hicieron una radiografía a las dos semanas, salió limpia, le dijeron que era una sobrecarga y siguió entrenando otro mes con un dolor que iba a más. Cuando por fin alguien pide una resonancia, aparece la lesión y aparece también la pregunta incómoda de cuánto tiempo se ha perdido. Por eso esta guía habla más de reconocerla que de tratarla: en esta lesión, el diagnóstico precoz vale más que cualquier terapia.

Con la magnetoterapia mi posición es la de siempre, aunque parte de nuestro trabajo sea alquilar equipos: aquí es un acompañamiento, no la solución. La solución es dejar de cargar el hueso el tiempo que haga falta, y esa es exactamente la parte que al corredor le cuesta aceptar. Cuando alguien me escribe con dolor de tibia o de pie y ya tiene el diagnóstico y un médico detrás, hablamos de cómo encajarla en su recuperación. Cuando alguien me escribe buscando un aparato para no tener que parar, le digo que no le vamos a alquilar nada y que pida cita — y si el dolor es en la ingle, que pida cita hoy.

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